Hora de salir


Lo primero que hice fue comprar una botella de vino barato. Lo sé, sé que no es un artículo de primera necesidad, pero para mí en ese momento lo era, me acababan de decir que, aunque aún podía conservar mi trabajo, solo podrían pagarme el 50% del sueldo y debía trabajar desde la casa apegándome a la cuarentena indefinidamente.


Llamé a Ángela para contarle. Ella, que me conoce bien, intentó matizar mi ánimo oscuro haciéndome chistes sobre el asunto y recordándome que podía contar con ella. Por fortuna, aunque también la habían mandado a cuarentena, conservaría su pago completo pues su trabajo no se vería tan golpeado por la situación y podría trabajar sin problema desde la casa. Me repetía que no debía preocuparme, podríamos seguir en el apartamento. Por supuesto que no me tranquilizaba, no quería ser una carga para ella, no quería que se sintiera obligada, no quería que...



Sí, yo sabía, sabía qué significaba eso. Estábamos juntas en esto.


Después de llegar a la casa, desvestirme, bañarme, limpiar cada artículo y mezclar algo de vino y Sprite me senté a mirar por la ventana y sentí el peso del miedo y la incertidumbre volcarse en mi cabeza, pero no lloré, aunque quería desahogarme no lo hice. Creo que uno aprende con los años a tragarse tantas cosas que empieza a llorar por dentro. Cuando sentí que junté suficiente ánimo le marqué a mi mamá, con una -pensé yo- bien fingida voz de tranquilidad.



Pasan los años y no comprenderé nunca cómo lo hace, puedo llamar a mi mamá riéndome como Bob Esponja, que si estoy triste ella se da cuenta de inmediato. Me escanea el alma hasta por teléfono.


Le conté lo del trabajo tratando de bajarle dramatismo al asunto todo lo que pude. Ella también fingió tranquilidad, aunque no dejó de decirme que si creía necesario entregara mi habitación en alquiler y me fuera para el pueblo con ella, fuera como fuera ella me apoyaría. Le expliqué que no podía dejar a Angela sola con la responsabilidad del apartamento y que ella iba a echarme la mano haciéndose más cargo mientras pasaba todo esto. Entonces mi madre empezó con que “qué pena con su amiga, su amiga no tiene que asumir todo eso, su amiga también tiene sus gastos, su amiga quizás también se vaya para donde su familia, su amiga, su amiga, su amiga…”


Sentí un pitido en la cabeza, probablemente fue el vino o se me subió la presión sanguínea, o fue la presión de años de silencio, de disimule, de miedo, de vergüenza no justificada, de rabia, de frustración. De repente fue como si a todo eso sólo le hubiera hecho falta estos años la última gota, la gota de la pandemia mundial, del miedo a la muerte y sensación de fin del mundo y todo estallara.



Solo hubo silencio y la llamada terminó. Ahí sí lloré. Cuando llegó Ángela me encontró en el suelo, aún sollozando.



Le conté lo que había hecho, abrió los ojos sorprendida y con risa nerviosa me preguntó: ¿Amor, por qué hiciste eso? ¿tienes fiebre?, ¿debo preocuparme?


En los casi dos años juntas nunca me presionó a nada, aunque en su familia si sabían y yo era reconocida como su pareja, ella había sabido respetar que para mi fuera difícil y aceptaba que ante mi familia, algunos amigos y compañeros, ella solo fuera mi mejor amiga y roomie.


Pasaron más de dos semanas y mi mamá solo mandó mensajes por whatsapp, preguntando cómo llevaba la cuarentena y ya. Me sentía triste pero no arrepentida, amaba a Ángela, estaba cansada de no poder compartirlo con mi mamá, compartirle que estaba con alguien sumamente especial que me apoyaba y hacía feliz.


El día que extendieron por primera vez la cuarentena mi celular sonó y pude ver que era mi mamá, me puse muy nerviosa. Empezamos intercambiando información básica de cómo estábamos, de la familia, las noticias, el trabajo, las esperanzas de que esto tarde o temprano pasará y lo agradecidas que debíamos estar por estar bien. Entonces me preguntó:



Me eché a reír, y se me escaparon un par de lágrimas.