Por fin entendimos el verdadero valor de las cosas y que el tiempo es un fenómeno irreal, solo se materializa y pasa en la mente de quien enuncia. A las malas, sí, pero entendimos.


AQUÍ EL TIEMPO SE DETUVO


Las cartitas de amor o desamor siguen en el cajón del nochero, al lado derecho de la cabecera del catre; en el único lugar donde cabe ese tiesto desvencijao’. Al otro lado está el armario; en este aposento es difícil, casi imposible ser creativo. Ahí están; organizas por grado de sentimiento. La menos agradable es la primera de arriba; así es más fácil olvidarla porque cada siguiente carta desvanece lo negativo que pueda tener la anterior. Tus calzones raídos y desgastaos’ siguen en el cajón primero de abajo, revueltos con maricadas que ya nunca usarás. Allá abajo ya no se agacha nadie y menos tú con tus problemas de vértebras. Los álbumes de fotos casi vacíos, siguen en el baúl secreto del abuelo, que está justo al lado izquierdo de la entrada al aposento. Se hizo según su voluntad, pues en vida Santiago nunca pidió nada. Solo en su lecho de muerte, exigió que esas postales reposaran ahí; lo mismo que su cofre secreto. Bien guardado, a la vista de todos los moradores de la casa. Esa maletita de viaje que le regaló el nieto menor, también sigue en el mismo lugar: nadie sabe dónde. Desapareció como por arte de hechicería cuando Santiago estiró la pata. Hasta antes de la maravillosa o nefasta transformación del abuelo, la maletita casi ni existió para nadie en la familia. Pero a la transformación de Santiago, ésta se convirtió en un tesoro causante de discordias y recelos entre varios de los nietos y otros miembros de la familia. No es extraño; casi siempre sucede que cuando alguien emprende el último viaje, --sea amado como el abuelo u odiado como otros— todos quieren heredar algo del difunto, no importa qué. Todo cobra un valor dantesco. Quizá esa es una muestra del infinito amor no manifestado que se le tenía al viajante sin boleta de regreso. Ese molino de la abuela, que ella y su nieto menor usaron por más de mil años, sigue ahí debajo de la armazón que soporta al fogón de leña. Ahora yace mohoso por desuso; todavía se le pueden notar restos del maíz vuelto añicos, transformado en la mágica masa que Mariana y su nieto menor usaron para elaborar envueltos, cachines, biscochos, birimbí y otras derivaciones de alimentos místicamente deliciosos. Todos los peroles, escuvillas y ollas aún cuelgan –-relucientes y brillosas como plata fina—de las hendijas de las paredes de chonta o de nato. Otros están enzarzados en gigantescos clavos oxidados, con hollín y herrumbre, incrustados en las delgadas láminas de chonta o en las voluminosas tablas de nato. Nadie los volvió a usar, pues la salvadora globalización y modernidad, su hermana menor, trajeron consigo maravillosos artefactos que hicieron que esa pared de la cocina con los místicos peroles de la abuela Mariana se transformaran en el museo ‘culinístico’ de la casa. Eso sí, el nieto menor no olvida las historias de Gabón –-su país natal— que le contaba la abuela con vívida emoción. Del soberao que está por arriba de la humarera, cuelgan incólume las milenarias telarañas más oscuras que el coltán. Encima de esa humarera aún las mujeres de los pescadores mágicos ponen a ahumar los pescados que sus maridos traen no se sabe de dónde, pues ya no existen mares, ríos, quebradas ni lagunas ni lagos. Su sabor sigue siendo bueno, pero no tan suculento como cuando la abuela los hacía, fuera asados, en tapao, pusandáo o fritos. De la otra abuela y bisabuela – Relucinda ‘Chinda’ y Soila ‘Choy’ no refiere mucho aquí, nunca vivió con ellas; dizque aseguraron su futuro llevándolo a vivir con la familia paterna. A pesar de ello, es imposible no traer a la memoria esos dientes brillantes y relucientes de la abuela ‘Chinda’; su brillantez era tal que, si los mirabas fijamente de frente, te podías quedar ciego en un abrir y cerrar de ojos o en menos de un santiamén.


Esa letrina que el nieto conoce como excusado, sigue estando ubicada allá lejito, a más de mil millas de distancia. Sí, en estos tiempos todo queda o muy lejos o muy cerca. No hay average point. Dicen que cuando llegue la globalización con su compinche la modernidad, todo lo referente a las salle de bain será distinto. Todo será tan cómodo, que se podrá tener esos aparatos en el aposento; y no habrá que esforzarse mucho para absorber los mortíferos y atosigantes vapores que emanan de ellos al usarlos o al dejarlos sin asear por un tiempo no mayor a una rotación completa del globo terráqueo. Se oye un tris aterrador tener esos mágicos aparatos o toilettes literalmente pegados a la nariz. Pero qué se le va a hacer, es el precio que deberán pagar por la tan anhelada mejor calidad de vida. En todo el pueblo, las camas siguen siendo usadas no solo para dormir y abarraganarse, sino también como bodegas o trojes, debajo de las cuales se guardan toneladas y toneladas de chécheres, talalas, molinos de más de mil siglos, machetes herrumbrosos, arpones de pesca, escopetas ‘mientras te cargo’, indescriptiblemente oxidadas y con las cuales es un tremendo lío dispararle a alguien porque quien recibe la bala no queda ni totalmente vivo, ni totalmente muerto, calderos inmensos para preparar el achiote, atarrayas, bultos de maíz caspio y blanco, sal por arroba, botas pantaneras con el caucho ruñido por las pleistocénicas ratas que asilaron ahí desde los tiempos de Akhenaton, lana de balso para rellenar las almohadas, bateas de lavar ropa y sacar dizque oro, marimbas destartaladas, guasás e incluso estatuas de niños Jesús para los arrullos.


Afuera de esa bóveda atemporal todo sigue igual también. Hay niños --con ínfulas de modernos-- que de cuando en cuando juegan a las canicas o bola. El nieto y los otros compinches del clan, a veces pasaba hasta cien horas al día jugando esa vaina que llaman pepo y nadando en los barrancos o en las majestuosas playas del olvidado pueblo, luciendo inocentemente lo que siglos más tarde las pocas que lo hayan presenciado dicen, es un miembro que no casa en ninguna cavidad terrenal; los amantes de la hipérbole y de la mitificación, rumoran que ni el dios yoruba del fuego “Changó” tiene algo semejante. Todo sigue igual en el pueblo. Los días que el fluido eléctrico llega, solo dura 4 horas, los niños aún van descalzos a la escuela, todos se siguen saludado con el ancestral “nombre de dios tía, nombre de dios tío; dios la bendiga sobrina, dios lo bendiga sobrino”. Las tías Tomasa y Flora –que parieron a todos los habitantes del pueblo—solo son visitadas en caso de muerte, Enrique ‘mole cebolla’ se sigue poniendo iracundo cuando le dicen así, a pesar de que hace más de mil siglos que estiró la pata. La iglesia Sagrado Corazón de Jesús –mismo nombre que lleva la escuela—sigue ahí con su imponente estatua de lo que las y los beatos dicen ser la imagen de Jesucristo. Esa mole de más de un millón de toneladas, sigue haciendo su truquito que consiste en girar a medida que los viajantes, foráneos o lugareños van pasando con la mirada fija en ella. Ese gigantesco cristo, quizá mil años más tarde, cuando el tiempo eche a andar de nuevo aquí --lo que causará entre otras cosas que todo en el pueblo envejezca— y llegue la sacrosanta y salvadora globalización con su hermana menor la modernidad, sea encaramado en un pedestal con una vaina llamada engranaje mecano-eléctrico que hará que el cristo por fin descanse, pues ya no tendrá que esforzarse para girar al tiempo que lo miran; el ‘modernístico’ engranaje mecano-eléctrico lo hará todo por él. Se acabará la magia, pero qué diablo, que demonio. Bienvenida la salvadora globalización modernizante. Eso alberga muchas cosas positivas; por fin se podrá generar calidad de vida aquí en este pueblo repleto de riquezas y donde todo escasea. Gracias a ese pedestal con engranaje mecano-eléctrico se les dará empleo a dos o tres personas del pueblo –-los demás que sigan viviendo de lo que vivía antes de que el engranaje existiera—: se necesita una que cambie el aceite y lubrique el engranaje, otra que en los días que haya fluido eléctrico por 4 horas al día, espiche el botón que enciende y apaga el artilugio, y otra que vigile que nadie lo vandalice.


Aquí todo sigue igual, los pescadores y vendedores de banano y otros productos de pan coger, siguen yendo al mercado de domingo que se hace en la prehistórica playa. Todo mundo va allí y hasta el más dormido o caído del zarzo hace su agosto con las ventas. Otras veces los pescadores y demás comerciantes hacen la subienda por las orillas del río, ofreciendo alimentos y otros productos bien organizados en sus repletas y microscópicas canoas. Las damas salen de prisa a

alcanzarlos zangoloteando sus descomunales pechos a los que la gravedad no hace meya nunca. Los llevan igualiticos desde tiempos inmemoriales. Otra veces, son las longevas abuelas quien van al encuentros de los messieurs de la mer, con sus gastado senos, planos y arrugados como las hojas secas del árbol del pan. Esos mágicos pechos son los mismos que han servido de fuente alimenticia básica para criar a las muchachas y muchachos que años más tarde –- cuando el tiempo ande de nuevo aquí— terminarán de poblar el territorio con lo que resulte de sus enamoramientos.


En fin… no se puede asegurar nada de esto, pues como ya saben, aquí el tiempo se detuvo y sigue igual. Quienes podían echarlo a andar, aunque eran inmortales ya estiraron la pata hace millones de años y las nuevas generaciones no han podido envejecer porque aquí el tiempo se detuvo. Tampoco nadie puede salir a echarlo a andar; están en algo que han bautizado como confinamiento.


Colección de la serie, “Relatos en tiempos de una pandemia”. 4 de abril de 2020, en el destierro y confinamiento de algún pedacito del

territorio Nacional.